Por Edgardo Aragón
we must open the doors
of our universities to young, ambitious
Mexicans and make the effort to educate them in
the American way of life, in our values,
and in respect for the leadership of the United States
Robert Lansing
Por casi tres décadas hemos sido testigos de la dominación estética de los poderes post protestantes. El progresismo y sus grandes muestras en museos y bienales han sido un símbolo del control de la narrativa política imperante, desde donde se dice cómo y qué pensar, así como a quién señalar. Su representante concreto es el mercado neoliberal y globalizado, que en México tiene a sus representantes, encargados de ampliar la oferta de productos mediante “la inclusión”: la galería kurimanzutto, que marca el ritmo al resto. Los cosplayers de la anglósfera y sus ejércitos de la policía moral son las caras más visibles de la reestructuración cultural; un abismo que podríamos empezar a explorar, un signo activo de la decadencia occidental y su desglobalización.
En 1994, el EZLN fue el primer grupo político en México en cambiar su narrativa ideológica ante la entrada del ethos neoliberal a México, al caer la Unión Soviética (el grupo guerrillero tiene sus orígenes en los 70 s) la habilidad mañosa de la cúpula de los guerrilleros cambió de comunista a indigenista, aunque en su mensaje reciente el grupo armado regresa a la narrativa de la lucha de clases, de acuerdo a el diario La Jornada del 1 de enero de 2026. La crisis del sistema global liberal inicia en 2008, cuando cae la economía con la quiebra de Lehman Brothers.
Durante la residencia artística del ISCP en Nueva York, a la que muchos artistas nacionales hemos ido, Carolyn Christov-Bakargiev me dijo durante una visita de estudio que todos los artistas mexicanos deberíamos aprender a Gabriel Orozco, Damián Ortega y Abraham Cruz-Villegas, a quienes se refirió como sus grandes amigos, porque sus padres habían sido comunistas. No me sorprendió, ya para entonces los hijos de los comunistas mexicanos eran hábidos coleccionistas de propiedades. Pero lo más patético de la visita fue que me regañó por traer una MacBook vieja para mostrarle mi trabajo, y luego me dijo que deberíamos aprender a los africanos que hacen sus propios ordenadores con piezas de la basura. Ahí comprendí todo.
La globalización de principios del siglo XXI significaba sobre todo que los países dominantes tenían el derecho único de producir bienes manufacturados y servicios, el resto de la órbita global fuimos convertidos en los consumidores, incluso de la basura. Toda Hispanoamérica está llena de vertederos de moda rápida, autos chatarra, plásticos, llantas usadas, etc. Es en ese contexto que nace la galería kurimanzutto, cuyos artistas son producto de la importación de la basura del primer mundo. La anglósfera le concedió, a través de su estrella global Gabriel Orozco, el derecho de explotación del naciente mercado neoliberal mexicano. Mucho se comenta que la galería creó un mercado, cuando en realidad el galerista José Kuri aplicó la gringa y no hizo otra cosa que aprovechar las conexiones entre las clases acomodadas, potenciadas durante su periodo de estudiante en el ITAM. Los herederos del nepotismo empresarial y político compraron arte contemporáneo porque era el camino trazado por los súper ricos americanos, no porque les guste el arte o lo entiendan, sino porque es aspiracional.
Poco antes de la pandemia de COVID-19, kurimanzutto popularizó un slogan mercadotécnico populista que se vio en museos y galerías de toda la anglósfera: the future is female. A la par, incluyó artistas mujeres en su programación y representación. El festejo fue unánime, la inclusión masiva y poco responsable de muchas mujeres artistas fue un premio “feminista”, en donde el gran ausente de la discusión fue la “feminidad”. Más bien confirmó la visión de la mujer como una especie de discapacidad que necesita ayudas. Lógica woke.
En la elección presidencial del 2018, la galería se sumó a un viejo aliado al promover la candidatura de Marichuy, candidata indígena, mujer e independiente propuesta por el EZLN. Aunque era una causa perdida, los réditos en imagen para la galería fueron altísimos. Un par de años antes, surgió una especie de periódico editado por la galería, donde Juan Villoro hace una crónica de cómo Gabriel Orozco, Abraham Cruz-Villegas y Damián Ortega se sumaron al campamento zapatista, a quienes entiende como verdaderos creyentes de la lucha armada indígena porque un día durmieron en el suelo de Chiapas. Casi al mismo tiempo, Orozco hacía un monumento neoliberal en la galería kurimanzutto al abrir una tienda Oxxo al interior del espacio. Lo realmente paradójico fue, quizá, que al ganar López Obrador la presidencia, Orozco, por su cercanía con Carlos Payán, amigo del presidente y tío de Damián Ortega, se convirtió en funcionario público al encabezar el foso sin fondo del fallido proyecto Chapultepec, que absorbió una cantidad ingente del presupuesto federal de cultura. Unos años antes, Orozco también fue el artista del sexenio del ultraderechista Vicente Fox (2000-2006), el autonombrado presidente de los empresarios.
Entre el 2020 y el 2021, kurimanzutto hace un programa expositivo llamado siembra, en el que incluyó a otras galerías, artistas queer, espacios independientes, artistas independientes, colectivos independientes, etc. Fue tan masivo en lo “identitario” que sólo le hizo falta lady tacos de canasta. Fuera de bromas, los personajes de la “multiculturalidad” que fueron bendecidos por el progresismo artístico mostraron ligeros gestos públicos de felicidad, aunque sólo fuera momentáneo, unos quince minutos de likes a lo mucho. En 1977, Federico Reyes Heroles impulsó una ley para legalizar a todos los grupos políticos, así nacieron los poco respetados diputados plurinominales y todas las minifuerzas políticas tuvieron a partir de entonces un pedacito del pastel, un paliativo político del viejo sistema para calmar las aguas de la insatisfacción social, hagan de cuenta.
Una de la últimas adquisiciones de kurimanzutto, Ana Segovia, artista queer, ejemplifica muy bien el trazo hasta ahora elaborado por la galería. La obra del pintor es un cúmulo de bien conocidos artistas: sus personajes sin rostro son imitaciones de la obra de Covarrubias y varios pintores de esa misma época; otras veces son como un fotograma de película del cine mexicano; en algunas ocasiones ha planteado el mariachi como parte de su centro narrativo, pero los que conocemos la historia cultural oficialista mexicana vemos que a lo que más se parece es a un baile del ballet folclórico de Amalia Hernández, es decir, una narrativa ficticia de lo mexicano. No me queda muy claro el discurso detrás del trabajo, lo encuentro confuso y poco propositivo. La técnica pictórica es ordinaria y convencional, sin embargo ha tenido todo el aparato cultural detrás para colocarse como alguien exitoso.
En la poco afortunada imagen de un zoom meeting que circuló en redes sociales, donde aparece la entonces secretaria de cultura de México Alejandra Fraustro, el galerista José Kuri y el curador de la bienal de Venecia de ese año Adriano Pedrosa, se comenta que México sería muy bien representado en la bienal, aunque el tema de la bienal era la migración contemporánea, la cual se manifiesta literalmente en los territorios postcoloniales en los que habitan los expulsados de sus patrias; Segovia, cuyo discurso es aparentemente nacionalista, estuvo en la exposición, un gesto de corrupción cultural que fue tolerado unánimemente; un mensaje claro de cómo opera la inclusión a la fuerza.Hay un ilimitado número de casos en que kurimanzutto ha ejercido su poder sobre instituciones, artistas, otras galerías, etc. Si me propusiera mencionar y comentar cada uno de ellos, este texto sería interminable. Pero es el ente encargado de lo que Chul Han llama la expulsión de lo distinto.
La aparente suavidad woke no hace sino confirmar su perversidad, Simon May le pone nombre, “lo cute”; lo lindo como arma de control social, producido en Japón, para ocultar lo samurai. “Lo coqueto” es una herramienta política que enmascara la perversidad de, por ejemplo, Trump y sus gestos de marioneta, o la sonrisa inofensiva de los Kim Jung en Corea del norte. Atrás quedaron las imágenes duras e insensibles del prototipo de dictador Africano ijoeputa; hoy las sustituye lo pop, el peluche o Hello Kitty. David Rieff le llama el triunfo de lo kitsch.
Los círculos artísticos latinos, la academia universitaria, uno que otro empresario y líder indígena, están del lado del progresismo posmoderno, son anglolovers; su poco alcance es una calca de la estructura social americana. Son pocos pero ruidosos, las grandes mayorías están tomando un rumbo político distinto al de la mojigatería moral de las ideologías progres. Habría que prestar más atención porque son esas mayorías las que tuvieron al PRI por décadas en el poder y son las que por ahora mantienen a Morena.
Ejemplos bastan para narrar el apareamiento ideológico de los cosplayers nacionales; el caso de Mario García Torres representa el grado supremo de qué tan patética puede ser una escena. Imitador de obras de arte norteamericanas y europeas, no sólo es el mejor haciendo covers, es también un artista que hace cenas y vida social para promover su obra, ha logrado posicionarse dentro del mercado y el starsystem usando los modelos del éxito a la gringa: usando el lobbying cultural como estrategia del éxito. Dentro del cúmulo de obra que compone su poética, en charlas performáticas se ha promovido a sí mismo como no mexicano (recordemos que el ethos de la globalización de los dosmiles era no tener arraigo nacional); en la Europa post medieval, pintar como italiano era lo más trendi, producir como anglosajón quizá sea el tótem de nuestro tiempo.
Es un artista del norte de México, pero no es un artista fronterizo, sino regio, lo cual en el estado actual de la división social del país es muy sintomática. Algunos de ellos, de los regios, se sienten texanos y consideran que separarse del sur les garantizaría ser como los gringos. Recientemente posee la varita mágica del triunfo con un premio de broma llamado Gorrita azul, al cual acuden fervientemente los vencedores de la globalización mexicana, que hoy es popular y nacionalista, aunque el mitote sea la imitación de una convención del partido demócrata estadounidense. Muchos asisten por propio pie a la ceremonia que no premia, sino ejerce el poder de veto.
Uno de los rasgos característicos de la escena anglo es la del “artista franquicia”, que busca ante todo ser lo mismo en todas partes. En México, los casos más visibles son José Dávila o Pedro Reyes, el rey del “progresismo buena onda”.
El MUAC, que por años había sido una bisagra entre dos universos, ha redefinido su trayectoria anglófila al nombrar a Tatiana Cuevas como directora. Ahora en su cuarta transformación, la institución ha decidido jugar la carta del progresismo oficial al performar la comunidad y no tener curador en jefe, pero sí un grupo, una mini comunidad, que elige por el bien de las audiencias. Esperemos que la transformación del museo no resulte menos democrática que en el pasado.
En la era del progresismo, la paráfrasis de la eugenesia puritana sigue siendo la misma, sólo que abrieron la genética a otras razas puras, muchos indígenas de muchas partes del mundo han acudido al llamado (véanse las bienales y exposiciones de los últimos 10 años o el actual pabellón de México en Venecia). Para la cultura progre, un indígena que habla su lengua y habita sus territorios es el mejor indígena, no está contaminado; hace unos años, contesté un tuit de Yásnaya Aguilar, donde mencionaba su muy conocido discurso donde los mestizos somos el problema, “lo malo de México”. Para la intelectual, indígena, feminista, mujer, modelo según la exclusiva tienda de vestidos Rocinante, lingüista y, al parecer, también ¿artista?, los indígenas bajo la normativa de los usos y costumbres son el futuro. Yo, que sigo viviendo en Oaxaca en un pueblo de usos y costumbres, les puedo decir que con base a las múltiples peleas violentas entre comunidades en la región que he visto o vivido, es más bien un pasado desagradable, anacrónico e inoperante interculturalmente, que no hace sino dividir aún más a la sociedad. Necesitamos un modelo político distinto.
Aunque la intelectual sostiene que los indígenas serian mejor gobernando, el gobernador Salomón Jara, cien por ciento indígena, ha demostrado que la corrupción y el nepotismo no son características de los euroasiáticos o los mestizos, es incluso el segundo piso del populismo. De mi parte creo que el mestizaje de las sociedades es natural, y así ha sido siempre, desde el paleolítico hasta hoy. El futuro de los pueblos indígenas de México es el de ser mestizo, si es que no lo son ya, como se considera casi el 90 por ciento de los mexicanos, no por imposición ideológica, sino por cohesión natural, muchos hasta por amor. Hay que recordar que los españoles eran un pueblo mestizo al llegar a América, más moreno que blanco, de ahí que las elites se blanqueen para perder lo “ordinario”.
No hay comunidad indígena mexicana que no sea católica, guadalupana, que le gusten los corridos y que la base de su orgullo local siempre sea la cocina mestiza: son hispanoamericanos. Importar modelos de culpa estadounidenses por el genocidio indígena y la esclavitud negra por parte del imperio inglés, holandés o portugués no tiene lugar en la España americana, eso es manipulación. (Aguilar y Aragón son apellidos de origen criptojudio sefardí, por cierto).
Al ser un producto de la posmodernidad progre, Yásnaya Aguilar ha sido un elemento perfecto de la propaganda de los tribalismos contemporáneos. Como lingüista representa las literalidades tiránicas del lenguaje inclusivo. Es también una barrera de contención, ya que al ser indígena y mujer encarna dos de las muchas víctimas mercadotécnicas de hoy. No quiere decir que la discriminación contra los que tenemos rasgos marcadamente indígenas no exista, quiere decir que el método del exilio no funciona: separar más no corrige, aumenta los prejuicios y forma soldados. Pedro Portugal Mollinedo, historiador Boliviano lo llama “pachamamismo”, un populismo indígena. Para usar referencias anglosajonas, es como las películas de la franquicia Avatar y todos los concilios de gringos de ayahuasca juntos.
El pensamiento blanco busca ante todo que su percepción se imponga. Para ellos, el indígena no tiene que modificar nada, tiene que vivir en la esfera de lo que se espera de ellos, su tradición no merece actualización. Esto es otra forma de sometimiento. La “decolonialidad” es otro invento anglosajón, al indígena se le exige pureza para existir, focalizado aún más en la permanencia de una “lengua nativa”, guardados en una cajita, ¿como en los circos humanos?
El modelo norteamericano de la culpa ha colocado a la víctima como libre de todo mal, un indígena o una mujer como sujeto politizado sólo por el hecho de serlo posee más valor, tiene siempre la razón y no comete errores. El rango amplio de etiquetas de identidad te asegura la protección de “los fóbicos”, “los otros”, “los malvados”. El progresismo crea individuos pro max, lejanías absolutas de lo comunal.
El concepto decolonial, viene sobre todo de sociedad post esclavistas y/o donde se cometieron genocidios indígenas, como Estados Unidos, Canadá, Chile o Argentina, por mencionar sólo algunas en el continente. Prácticas filosóficas como las venas abiertas de America latina o la filosofía de la liberación no son compatibles con la sociedades post católicas como la mexicana, que ha basado su conformación cultural en el logos grecolatino y la toltequidad: un ejemplo burdo son las posadas navideñas.
El mensaje político que envía el pabellón de México en Venecia en este 2026 es el mismo que Pedro Reyes usa para su proyecto en el LACMA. No lo medimos igual porque el colectivo de dos, RojoNegro (María Sosa y Noé Martínez), son morenos o indígenas performativos, pero su actividad artística basada únicamente en las relaciones públicas es completamente burguesa, su propuesta artística es muy limitada tanto en un marco teórico, como en uno estético; no propone, es elitista y complaciente con los discursos dominantes de los capitales privados que financian la inclusión desde los fondos de inversión. Es propaganda: el arte hace mucho tiempo es sólo una forma bonita de gastar dinero, una táctica disuasoria psicológica que nos hace creer que somos parte del mundo, y RojoNegro actúan como colaboradores de esa extensión de los poderes liberales posmodernos, donde todo cambia para quedar igual: es como Paris Hilton poniéndole perfume a la miseria.
La cultura progre no busca la igualdad de oportunidades, sino la igualdad de resultados, eso explica por qué existen tantos malos artistas siendo exitosos, el principal motor de su éxito se basa en las relaciones públicas de los curadores, museos o galerías. En la CDMX, muchas galerías buscan rellenar huecos de la corrección política representando personajes del progresismo, olvidando que lo mejor de toda cultura son sus miembros que han alcanzado la excelencia, no los que mejor representan el carácter histriónico del reclamo contemporáneo de la indignación política. Pienso en la galería Proxyco, en Nueva York, que nació como una opción para representar artistas hispanoamericanos, y que desde hace unos años sólo representa artista mujeres.
Ojo, no se me mal entienda, muchos cosplayers de lo gringo son buenas personas, sin embargo, tener siempre la mirada en el norte los carga de muchos prejuicios respecto a la cultura hispanoamericana, al grado de comer tacos o comprar tortillas nixtamalizadas en el Pujol sólo por la experiencia, performan ser mexicanos. El maíz no forma parte de su dieta diaria, como para la mayoría de nosotros, y esa falta de integración es clave, tenemos que empezar a entendernos mejor. Los cosplayers de la anglósfera son aquí señalados no por sus faltas a la estética, son señalados por su falta de ética, por su correlación y complicidad con la imposición de un discurso que emana y alimenta únicamente los mercados. El arte que producen es sólo un accesorio, no un portal de conocimiento.
El universo anglosajón tiene muchas luces artísticas, sin duda, aunque hemos sido testigos de la dominación estética de los postprotestantes en la globalización, es innegable la potencia artística de los jardines de Richard Long, la mística de Bruce Nauman, la espiritualidad de Mark Rothko o las capas estéticas de Robert Raushemberg, entre muchos otros. Como lo veo, las calcas de la anglósfera hispanoamericana son un muro, una contención para evitar que las artes no anglo sucedan, que se vean como una cosa rara y se les relegue al ostracismo de lo popular, para evitar competencia en la esterilidad estética actual. Ya se ha dicho ampliamente, lo progre es ante todo autoritario, es excluyente.
Antes que se me integre a las teorías de conspiración, ofrezco una explicación simple: dinero llama dinero. La lógica del deseo implica siempre su persecución, todo el que desea persigue y la meta está en el oro; hay gente que lo posee, y esos son por ahora los capitales estadounidenses, anglolovers latinos, países europeos o aliados americanos como los petroleros árabes; los artistas se alinean por interés propio, pero son un instrumento, es el mercado el que les demanda la obra y no el artista el que coloca la obra en el mercado, son mitologías distintas. El deseo de pertenecer a la anglósfera no sólo rebela falta de criterio, sino una necesidad de sometimiento: al que se colecciona es al artista, no a la obra.
Feminismo, wokismo, queer, indigenismo, decolonialidad, interseccionalidad, incluso la “filosofía de la liberación” de Don Enrique Dussel, etc., son teorías políticas postprotestantes diseñadas para fragmentar que no encuentran proyección real en la mayorías postcatólicas. Es como si fueran de plástico, una falange de choque teórico de la anglósfera que no entra en la realidad cultural mexicana. Los terrenos en los que estas ideologías fructifican es el plano educado de las clases medias y altas, la paradoja es que un cambio político en general se localiza en esos sectores, por eso ejemplifica muy bien su tendencia a la decadencia en todo el orbe occidental.
México es un país occidental, pero no es postprotestante. Nuestra cultura es hispanoamericana, una suerte de fortuna mal entendida, donde casi todas las culturas del mundo están representadas, una característica que debería ser aprovechada, no causa de vergüenzas. Una sociedad que ama su mestizaje y lo vive diariamente; hay una tendencia en redes sociales que lo llama incluso maximalismo (barroco, comunal) y se opone radicalmente a la simpleza del minimalismo puritano (protestante, individual).
La tropicalización de modelos económicos y culturales ha tenido resultados muy adversos. En Ciudad Juárez en los 90 se ofrecían trabajos únicamente a mujeres en las maquiladoras, pero la familia mexicana es tradicional; la búsqueda era evidente, romper el modelo para controlarlo: las madres a la fábrica, los padres al desempleo, los hijos a la calle. Esos “morrillos” encontraron sentido de comunidad en el grafiti, en el arte, sin embargo, al ser Juárez una ciudad fronteriza, fueron reclutados de manera forzada por el narco, se hicieron sicarios, son conocidos como los artistas asesinos.
Aunque la 4T es anglófila, sus dos líderes tiene visiones opuestas. López Obrador es nacionalista, firme en la posición de opresor colonial y oprimido colonizado; para Claudia Sheinbaum, que es tecnócrata, el poder es una marcada división entre mujer oprimida y hombre opresor. Ninguno de los mensajes ha hecho realmente eco en su electorado.
El primer amante de la anglósfera fue Benito Juárez, destacado político mexicano que no sólo fue un mal gobernador de Oaxaca, sino uno de los políticos más populares que haya tenido este país. Se lo ve así: “a pesar de ser indígena, llego a ser presidente de México”, como si ser de una comunidad zapoteca fuera una discapacidad. Una perspectiva común y condescendiente muy popular en la policía moral del progresismo. Juárez era gran admirador de la cultura política estadounidense, hijo del liberalismo y militante de la masonería, tenía como objetivo convertir a México en un país regido bajo una sola cultura, una sola lengua, un país “a la gringa”: homogéneo. El modernismo juarista separó aún más a los mexicanos que venían de un multiculturalismo heredero de la España de América. Dividir a la sociedad está en el ABC del poder en la República: lo hicieron los panistas, priistas y Morenistas.
México es un país católico practicante y no practicante, es su mayoría con una fuerte presencia mitológica arcaica. Pero es, sobre todo, una sociedad con muchas carencias materiales. La paradoja es que la cultura mexicana es una potencia global, en dos frentes muy populares hoy: la música y la gastronomía. La cultura hispanoamericana absorbe, complementa y maximiza, pero sobre todo es altamente espiritual. Las sociedades como la mexicana son sociedades que viven en lo que Mircea Eliade llama “el mito del eterno retorno”, donde los ciclos elementales del entorno natural siguen marcando la vida cotidiana, desde la planta de maíz anual, hasta los ritos de iniciación masculina o femenina. Aunque no rechazan la visión historicista de los pueblos judeocristianos, que aparentemente rompen con los ciclos, sí se plantan en un inicio y reinicio constante como parte de su vida. Las sociedades posmodernas de la anglósfera a duras penas celebran los años nuevos, para ellos son vacaciones, esquiar o la playa, no es un rito: el pensamiento postprotestante o neoliberal o posmoderno busca ante todo enterrar de una vez por todas “lo sagrado”.
Digamos que para el posmodernismo el héroe no es necesario, pero la víctima sí, y es hoy, de hecho, su principal activo económico. En cambio, para las sociedades tradicionales el héroe es una forma de Ser, de construir, por eso muchos pueblos mexicanos son expulsores de trabajadores con mayúsculas, ser adulto para ellos es irse a los Estados Unidos de “mojado” aun siendo muy joven. Se madura a través del esfuerzo físico. Hombres y mujeres de estas sociedades maduran más rápido que los miembros urbanos de la anglósfera, cuya principal característica es ser adolescentes permanentes, lo woke requiere inmadurez, la demanda de libertad sin responsabilidades.
A pesar de que millones de mexicanos viven en EUA, han sido muy claros respecto a su cultura, constantemente han rechazado el mando anglosajón; están orgullosos de su música, su comida y sus tradiciones, la fiesta de XV años de las hijas, por ejemplo, son una representación publica del poder de su posición social frente al advenimiento de la eliminación de los ritos por parte del pensamiento posmoderno. Los arcaísmos viven en una sociedad que ha protegido en su interior los rasgos más elementales de lo que es ser hispanoamericano, una suerte de actualización constante de la tradición.
He notado también la falta terrible de sentido del humor de los cosplayers de lo gringo, mientras uno de los aspectos que definen al hispanoamericano es que les encanta el humor. Son los comediantes los que están llevando la carga política opositora de la sinrazón de los woke, y no los artistas o intelectuales, mucho menos los políticos. Tanto en México como en Estados Unidos, los shows del payaso “brincos dieras” llenan más escenarios que la selección mexicana de futbol; la gente paga derechos por ser “humillado” públicamente por el payaso y reírse de su propia circunstancia. Esa diferencia cultural es muy notable. El humor es uno de aquellos aspectos considerados del “populacho” por parte de los whitexicans o morenos intelectualizados, sin embargo, el humor mexicano enseña la humildad que ese sector demográfico necesita. Si se lo ve con perspectiva, en la guerra política de las emociones la va ganando la carcajada.
Otro aspecto cancelable junto al de la comedia es la música mexicana (que vive su época dorada, disfrutémosla). Ésta ha sido torpedeada desde la cúpula del partido oficial, que busca enterrar el que probablemente sea el movimiento cultural más importante de la historia artística de México: los mal generalizados “corridos”, que no son únicamente una mezcla de todas las culturas del mundo en un contexto específico binacional, es música hispanoamericana altamente compleja que narra realidades que viven sus escritores y compositores. Un músico exitoso de nuestro tiempo primero cortó ramas, reparó techos, cultivó fresas, construyó el muro de Trump; las suyas no sólo son historias del éxito económico negativas del narco. Al no entender el por qué de la música mexicana y presionar para que cambie y se domestique, la presidenta le quitó el aura de mainstream y la volvió rebelde. La música mexicana le da el extra a la vida de estos personajes en su cotidianidad, los mantiene cuerdos mandando dólares a México.
La cultura hispanoamericana es una especie de dique que ha mantenido viva una tradición moldeada en el tiempo, actualizándola, con muchos problemas, desde luego, pero es un terreno infértil para la siembra del alcance del progresismo. El Gobierno de la 4T, en sus dos ediciones, se ha mantenido alineado a los intereses de la doctrina Monroe pero no ha logrado masificar la agenda política: el círculo del arte contemporáneo esta aún más alineado a la anglósfera, los whitexicans lo han utilizado como otro de sus símbolos de superioridad social simbolizado en la “pareja real” que dirige la galería más poderosa de Latinoamérica.[1] Uno de los aspectos más precisos del por qué la generación de nuevos públicos cada vez es mas difícil, es que hacemos arte pensando en complacer únicamente a los “gringos”, para sentirnos grandes a través de la performatividad del colaborador, donde el testigo del acto es la cultura mexicana políticamente Guadalupana, que se ha mostrado poderosa, se ha sostenido en el tiempo y da la batalla cultural por todos nosotros.
Bibliografia:
The White Thinking, Lilian Thuram, UNIV OF BUCKINGHAM PR.
Deseo y Destino, David Rieff, Debate.
The power of cute, Simon May, Princeton University Press.
El mito del eterno retorno, Mircea Eliade, Alianza Editorial.
La fabrica del crimen, Sandra Rodriguez, Temas de Hoy.
Mirreynato, Ricardo Raphael, editorial Planeta.
Matar al otro, Mathew Lange, Fondo de cultura económica.
El MAS, la degradación de la pachamama en pachamamismo, Rincón ediciones.
Byung-Chul Han, La expulsion de lo distinto, editorial Herder.
Misa Negra, John Gray, Phaidon.
La fe del ateo, Gustavo Bueno, Temas de hoy.
Mexico armado, Laura Castellanos, Editorial Era.
[1] Uso el termino Latinoamérica deliberadamente, ya que representa fielmente un origen y aspiración genuino de ser nombrado por un agente externo, lo latino en América es un termino forzado por Napoleon III para colonizar Hispanoamérica.
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Texto publicado el 7 de agosto de 2026.