Por Fernanda Torrescof
La materialidad de una obra condiciona e incluso antecede la experiencia perceptiva del espectador al organizar cómo la obra se percibe, se juzga y se legitima. En El espacio vientre (2025), la artista colombiana Delcy Morelos lleva esta premisa hacia una experiencia multisensorial en la que la tierra deja de ser un material subestimado para operar como materia activa, reconfigurando la relación entre cuerpo y naturaleza hasta situarlos en un mismo plano y desestabilizar la propia noción de “tierra”. La obra admite distintos niveles de lectura que no pueden reducirse a un único registro; en este sentido, no se presenta como un paisaje en términos estrictamente representacionales, sino como una propuesta de carácter relacional. A partir de ello, El espacio vientre establece un vínculo con la tierra que excede su concepción como territorio disponible para la apropiación y el despojo dentro de las lógicas antropocéntricas asociadas al capitalismo. En cambio, Morelos desplaza la atención hacia su materialidad, entendiéndola como una entidad que coexiste con lo humano.
Resulta complejo, en un imaginario colectivo atravesado por procesos colonialistas, desprenderse de la percepción de la tierra como un material de segunda categoría, concebida todavía como algo incompleto o insuficiente. Esta lógica de jerarquización no se limita a la relación violenta entre el hombre y su posesión de la tierra como recurso, sino que encuentra resonancias en otros sistemas de clasificación histórica, como las jerarquías de color de piel en México, estructuradas a partir del colonialismo europeo. En este contexto, la tierra y la piel morena remiten al origen de quienes nacimos en esta parte del mundo, al tiempo que evidencian una operación simbólica persistente: lo blanco como pulcro, lo moreno inscrito en el imaginario colonial como aquello a “civilizar”. Desde esta perspectiva, resulta pertinente producir relaciones materiales que cuestionen los discursos que reproducen lo que hacemos, lo que consumimos y los espacios que habitamos, en su mayoría atravesados por una blanquitud que no sólo interfiere, sino que condiciona la formación de un juicio propio.
En su muestra, la artista plantea un ejercicio pictórico a partir del estudio del Espacio Escultórico de la UNAM y de la procedencia del material de Otumba, Estado de México, trasladado al museo como una exploración del territorio y del origen. El énfasis en el origen atraviesa la obra de Morelos, donde la pregunta "¿de dónde venimos?" se construye en relación con la tierra como madre, vinculada a lo femenino no como esencia, sino como potencia de germinación. Así como el vientre sostiene la vida, la tierra también la hace emerger y la sostiene en forma de alimento, oxígeno y refugio. En la instalación, las cualidades materiales inciden directamente en el cuerpo: la disposición del espacio conduce el desplazamiento y activa el contacto con la tierra, al igual que los afectos sensoriales asociados al origen y a la memoria corporal. Dicha operación, insinuada en el título El espacio vientre, permite pensar el tránsito no sólo como acceso a la sala 9 del Museo Universitario Arte Contemporáneo, sino como pasaje a un espacio-otro. Es decir, la obra cuestiona cómo se siente el cuerpo dentro de ella, pues deja de ser un objeto pasivo de contemplación para convertirse en un sujeto que coexiste con lo Otro. El resultado se manifiesta en la forma cóncava de la instalación, que posibilita una experiencia en la que los sentidos se activan desde un registro corporal distinto. De este modo, la obra devuelve la mirada al espectador y diluye la pasividad de ambas partes.
Esta experiencia de inmersión se concentra en la tierra como elemento principal de la obra y la apelación de la artista a “escucharla” funciona como una reorientación de la relación sensorial con la materia, ya que supone replantear nuestro vínculo con la tierra, suponiendo incluso que quizá nunca haya existido de forma directa. A partir de ello, se abre la pregunta sobre el sentido de la palabra “tierra”, ya no desde una percepción indiferente que la reduce a recurso o propiedad, sino mediante su reconocimiento como materia con presencia. En consecuencia, El espacio vientre se configura como un cuerpo que, sin dejar de ser una instalación de sitio específico, opera desde una lógica casi orgánica: desprende un aroma particular, mientras que su textura y escala posibilitan un encuentro que envuelve al visitante y suspenden las condiciones habituales de percepción del espacio museístico.
¿De qué manera la materialidad de El espacio vientre influye en la relación directa entre el espectador y la obra? Resulta evidente que la estructura cóncava no sólo incita a dirigir la mirada hacia arriba y hacia los lados, sino que, al mantener el cuerpo expuesto a múltiples estímulos sensoriales, desorienta la referencia frontal propia de la contemplación. A ello se suma la oscuridad de la sala, que no es accidental, sino una decisión que intensifica la experiencia perceptiva al agudizar los sentidos.
Pienso en cómo la tierra suele concebirse como algo inferior o de menor categoría, incluso ajena al humano, y en cómo la respuesta de la artista consiste en otorgarle un valor que no depende de lo simbólico ni de lo áurico, sino de una relación basada en el reconocimiento de una condición de existencia compartida. No como extensión del sujeto, sino como una entidad con la que el cuerpo coexiste. Desde esta perspectiva, en El espacio vientre no hay separación jerárquica clara entre el espectador y la obra; ambos se sitúan dentro de una misma lógica de contención y exposición recíproca. Trabajar la tierra conlleva reconocer formas de conocimiento que no se rigen exclusivamente desde la lógica racional, sino también desde la experiencia corporal, y esto los hace capaces de replantear la manera en que nos relacionamos con lo material.
Ahora bien, en cuanto al sentido de “territorio” pensado desde la palabra “tierra”, la artista establece una conexión con la zona arqueológica de Cuicuilco, correspondiente al periodo preclásico (800 a.C. a 250 d.C.), así como con el Espacio Escultórico de la UNAM, en diálogo con la presencia de la piedra volcánica del volcán del Cerro Xitle. A partir de estas referencias, El espacio vientre surge desde la idea de la cavidad volcánica, que alude al vientre como espacio de refugio y protección asociado a la madre tierra. Bajo esta lógica, la disposición de la obra puede entenderse como un espacio de contención y gestación que no se limita a lo humano, sino que se extiende hacia cualquier forma de vida. Sin embargo, esta relación entre tierra y territorio introduce también una tensión política. Si el territorio delimita qué cuerpos, especies o formas de vida pertenecen –o no– a un determinado Estado-nación, El espacio vientre cuestiona las lecturas antropocéntricas desde las que suele concebirse la tierra. En este sentido, la obra no propone el territorio como una superficie de dominio, sino como un espacio de coexistencia que abre la pregunta sobre cómo habita lo no-humano dentro de estructuras y espacios producidos por el hombre.
Por otra parte, encuentro necesario mencionar la relación que el El espacio vientre establece con lo espiritual, en la medida en que introduce una conciencia de la finitud. Si bien la obra remite a la problemática existencial en torno a la creación de la vida, la muerte aparece como condición implícita. En el caso de la instalación, el desmontaje previsto tras ocho meses de exhibición implica que el material será destinado para otros usos, lo que introduce una dimensión de temporalidad y transformación de la obra. Desde esta perspectiva, el ciclo de la vida puede pensarse como un retorno a la tierra, en el que el cuerpo, independientemente de su forma de descomposición, se integra nuevamente a la materia. Este proceso desestabiliza la jerarquía que sitúa al humano por encima de la naturaleza, en tanto se trata de una realidad que atraviesa a todos los cuerpos y evidencia la ausencia de una separación absoluta entre ambos.
Dicho lo anterior, el espacio vientre puede pensarse desde una dimensión ritual del arte, entendido como un canal que vincula la espiritualidad con una experiencia simbólica y existencial. En consecuencia, el arte permite aproximarse a aquello que no puede ser plenamente descrito, pero que se experimenta como presencia. Si bien durante siglos el arte occidental estuvo vinculado a la representación de lo sagrado dentro de marcos religiosos, en El espacio vientre esta dimensión se desplaza hacia una espiritualidad en relación con la naturaleza, donde lo no-humano adquiere un carácter sensible.
Finalmente, propuestas como El espacio vientre permiten pensar el museo como un dispositivo que lleva al objeto de estudio –el arte– a cuestionar las categorías formales de producción que limitan la relación público-obra hacia una pasividad que incluso puede llegar a inhibir el contacto y generar rechazo o malestar. La instalación de Delcy Morelos posibilita otro tipo de acercamiento con el arte, en tanto exige la participación del visitante para preguntarse a sí mismo qué es lo que su propio cuerpo percibe al estar dentro de ella. Es decir, la experiencia del espectador se configura a nivel subjetivo, afectivo y de entendimiento. De esta manera, la pertinencia material de la instalación se activa cuando el cuerpo del visitante atraviesa el umbral entre el museo y el El espacio vientre, desplazando la percepción hacia una experiencia en la que la corporalidad se vuelve condición de lectura de la obra.
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Texto publicado el 10 de julio de 2026.