Por Mitchel López Granados
El pasado 3 de febrero del 2026, en el contexto de la Semana del arte en la Ciudad de México, se inauguró la exposición AHORA, pop-up de la Swivel Gallery en ISLA Project Space, con la pieza A Correspondance Between Meaning and Spectactle [Una correspondencia entre significado y espectáculo] (2026), de Marek Wolfryd. Aquí la obra irónica de Wolfryd incita al espectador a tratar de comprender “cuál es el chiste” debido al uso de objetos cotidianos etiquetados con la temática del momento (gorras de propaganda trumpista). La verdad es que no hay tal chiste. Al reducir la obra de arte a un objeto mundano, dejamos de admirarla por lo que es e intentamos racionalizarla. Wolfryd, a través del cinismo, nos invita a adorar estas contradicciones dentro de los objetos, sin tratar de comprender “el chiste”. Puesto que si incluimos la obra de arte dentro del juego de los objetos, existe “una resistencia profunda a sustituir la finalidad contingente de las necesidades por una racionalidad”, como menciona Baudrillard en su libro El sistema de los objetos (1969).
En esta era contemporánea, la satisfacción inmediata es lo primordial y nuestra relación con los objetos está ligada a encontrar algo que los legitime ante nosotros —racionalizarlos— para hacerlos nuestros, es por esto que lo primero que se piensa al tener contacto con ellos es en buscar similitudes entre ellos con tal de poder integrarlos a nuestra experiencia de vida. Cuando este arte-objeto se presenta ante nosotros, la forma de integrarlos a nuestra experiencia de vida es por medio de la contemplación, sin tratar de encontrarles un fin utilitario inmediato, pues no encontraremos más que frustración. Lo ideal sería buscar estas conexiones con el objeto por parte nuestra, pero si existe alguna persona que nos oriente a ello y pueda complementar nuestra experiencia, sería aún más satisfactorio. Si el encuentro sucede dentro del contexto de la semana del arte, es bastante difícil acceder a esta complementación debido a la falta de guías que nos ayuden para hacer una reflexión crítica de lo que estamos viendo (escuchando, sintiendo, etc.). Así que ver por ahí a alguien de mediación, que pueda guiarte dentro de la exposición, es bastante raro, además de que estamos hablando del mercado de arte, o un arte que “no es de museos”.
Durante la inauguración de AHORA, donde se exhibía trabajo de Rodrigo Sandoval, Magdalena Petroni, Antonio Vidal, entre otrxs, artistas que con su obra le daban el carácter de un infierno obscuro y postapocalíptico al espacio. Pienso en el trabajo cyborg de Sandoval, llamado Fossil visions, que representaba tres rollos de cable de acero unidos, con extracciones como si fueran mordidas. La adición de elementos orgánicos, como el de una columna vertebral exhibida dentro de un cristal como si ésta fuera un espécimen dentro de un laboratorio, provocaba que todas las personas se detuvieran a tomarle foto como si estuviéramos en un zoológico—incluyéndome—. La obra de Sandoval me produce una angustia futura, al no saber si los cables están absorbiendo a este ser orgánico o el mismo ser orgánico está emergiendo de los rollos. Las mordidas que presenta demuestran una violenta relación entre los dos entes, un vínculo que los mantiene con vida, pero que no beneficia a ninguno. Algo así es la interacción que tenemos actualmente con la tecnología.
Mientras esperaba a que llegara el prosecco para los Aperols gratuitos que se ofrecían en el evento, decidí darme una segunda vuelta por la galería. Pasaba por la obra de Chavis Mármol Carrion of Power (2025), un buitre bicéfalo gris con una corbata roja en sus dos picos que se posaba en una percha alta. Bastante imponente, la escultura buscaba a quien fuera digno de llevar esta corbata republicana, puesto al que todos éramos candidatos. La obra de Mármol funciona como un umbral que invita a ver A Correspondance Between Meaning and Spectactle, de Marek Wolfryd. Las piezas se ligan entre sí porque ver a un ave frente a una bandera de Estados Unidos, con un pedazo de tela roja como el de las gorras de Wolfryd, es bastante familiar. Aquí la obra de Marmol sólo atrae atención, no la contiene, debido a esta relación con los objetos similares que hablé anteriormente, para sorpresa de nadie, podemos encontrar mayor legitimación en la bandera de Estados Unidos dentro de una galería, ya que la vemos constantemente en nuestros teléfonos o en la televisión, que la escultura de un ser mitológico.
Al encontrarme frente a la obra de Wolfryd se me acercó un chico y me preguntó:
—Disculpa amigo, ¿me podrías ayudar? Estoy un poco perdido.
—¡Sí, claro! Dime, ¿qué necesitas? —pensando que me preguntaría por el baño o los Aperols.
—¿Por qué hay una bandera de MAGA aquí?
En ese momento observé y me di cuenta que la obra funcionaba en tres niveles. Primero, el símbolo: de acuerdo al montaje, las gorras (azules, rojas y blancas) hacían alusión a la bandera de Estados Unidos. Segundo, el mensaje: las gorras estaban bordadas de frente con la frase “Make America Great Again (MAGA)”, la bandera de Estados Unidos de un lado y por detrás el apellido Trump. Finalmente, las condiciones de producción: aquí se contradice todo el discurso nacionalista que evoca la ideología trumpista. Ésta es la parte truculenta de la obra. Es bien sabido que existen miles de reportajes en internet donde se exhibe que muchas de las gorras de MAGA tienen la etiqueta de Made in China. Esto no se puede ver porque la etiqueta se encuentra dentro de la gorra, pero al ser una obra de Wolfryd pude entender la ironía y el cinismo de esto. El dato se da por entendido, cosa que intenté explicarle al chico, a lo que me respondió:
—¡Ah, entonces es de broma!
Pude notar una cara de alivio y de agradecimiento por haberlo atendido. Después del intercambio, el chico continuó con su recorrido y no lo volví a ver. Más adelante comprendí la aberración de lo que acababa de acontecer.
El humor dentro de las situaciones sociales nos sirve para desestructurar sistemas de poder, al reírnos le quitamos esa importancia que lleva implícita tal o cual situación de violencia u opresión, y dentro de la obra de arte nos ayuda a transmitir el mensaje de forma eficaz. El problema no es si el humor en el arte nos funciona. Evidentemente sí es útil, pero no a todos y no en todas las ocasiones. El chico que se acercó a mí asustado, y un poco molesto, tuvo que escuchar mi palabrería para entender el chiste, y en el arte, esto debería ser al revés: a través de lo lúdico llegar a reflexiones profundas. Al tener que explicar el chiste, pierde toda su función.
La obra de Wolfryd reta al público a tratar de comprender un chiste que no existe, provocando malentendidos y sobre explicaciones. El uso de un objeto tan cotidiano como una gorra (del color que sea) con letreros de la nación fascista más popular del momento, genera estos diálogos.
Al tratar yo de desmenuzar la obra, mi pedantería como crítico masticó y vomitó mi propia interpretación de la obra, impidiendo así que el chico formara su propio criterio —que entendiera el chiste por sí mismo—. La obra de arte escapa a cualquier determinismo, puesto que su potencialidad va cambiando de acuerdo con el receptor, por ende, no le pertenece al artista cuando la crea, ni al curador cuando la selecciona, ni siquiera al público cuando la observa, puesto que va mutando en sintonía con su huésped.
Lo interesante aquí hubiera sido la reacción del chico sin ninguna intervención mía o de nadie más, ver el verdadero efecto provocador de la obra de arte en él.
El empecinamiento humano por racionalizar las cosas, de manera contradictoria, es lo que provoca un proceso involutivo en el desarrollo de la experiencia humana: racionalizar los objetos es reducirlos a una única función que, como menciona Baudrillard, es útil para mejorar técnicamente los objetos. Pero tal proceso no nos sirve para nada más, “una resistencia profunda a sustituir la finalidad contingente de las necesidades por una racionalidad”.
Aquí la obra de Wolfryd no funciona con humor, funciona como una trampa, una tentación por ver resurgir la fatalidad del objeto, por parte nuestra, pero si nos eliminamos de la ecuación, esta trampa no es más que la experiencia del vértigo en la obra de arte, que nos demuestra un abismo de posibilidades, seduciéndonos para caer en un pozo de sensaciones inagotables. La experiencia del vértigo, como menciona Milan Kundera en La insoportable levedad del ser (1984), es esta sensación de caer, pero no como un peligro sino como una atracción, un deseo de caer.
A Correspondance Between Meaning and Spectactle posee una relación con la temática popular del momento. Por esto el público no se resiste a una racionalización, ya que resulta ser una pieza bastante provocadora para poder entablar millones de diálogos. Excepto uno en el que se cuestione la verdadera función del vértigo en la obra de arte. Creo que nos hemos repetido hasta el cansancio de que debemos tener un pensamiento crítico cada que miramos una obra, una exposición, una feria, etc. Esto provoca una angustia por racionalizarlo todo. Para esto como público debemos mantener una autocrítica desacelerante y contemplativa que nos permitirá caer en el abismo inagotable, entender el chiste, sin que nosotros mismos nos transformemos en los verdugos y ejecutemos la obra de arte en el acto.
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Texto publicado el 10 de abril de 2026.