Por M. S. Yaniz
Inauguró, con bombo y platillo, la primera exhibición del colectivo-rizoma Hooogar en un espacio institucional: la Galería Central del Centro Nacional de las Artes. El hecho es relevante en más de un sentido pues consolida, desde el centralismo, que al interior de la república–como se le suele decir al territorio mexicano que no es la capital– están sucediendo cosas interesantes. Mientras escribo esto la FAD está cerrada por conflictos con el Director, quien alegando una falla eléctrica en las instalaciones orienta a no ir a clases —no vayan los estudiantes a tomar las instalaciones—; por su parte, los egresados de la Esmeralda hacen sus entrevistas para entrar a SOMA, continúan exhibiendo en las galerías de Ciudad de México y se consolidan como los artistas que el sistema pone en circulación: con la visibilidad chilanga y el presupuesto que el gobierno en turno dejó. Al mismo tiempo, en la extensión del paisaje que llamamos provincia suceden cosas increíbles. Ya sabíamos, desde Octavio Paz, que México está envuelto en una pluralidad de tiempos históricos; la lectura es Hegeliana, claro, igual que la vía negativa de Esto no es DF. Ambas posiciones afirman que hay un camino y un destino. Puede ser del proyecto del progreso, de un orden civilizado o de construir una estética, un lugar de ida y uno de llegada.
Hooogar es, en sus propias palabras, un colectivo transdisciplinario fundado en Guadalajara en 2021, y apoyado por el Patronato de Arte Contemporáneo (PAC) entre 2022 y 2023. En sus filas desfilan artistas del bajío, Mérida, Nezahualcóyotl, CDMX, Tijuana, Perú, Colombia y otras latitudes. El día posterior a la inauguración, Alejandro Alarcón publicó en sus historias de Instagram su crítica sobre la exposición. Les reclama que, lejos de mostrar una verdadera multiplicidad como pregona el ensayo curatorial, lo que hacen es mostrar una serie de localismos formalistas; métodos conceptuales adaptados por región. Que, aunque se encuentran bien anclados en la cultura visual de la juventud, parecen perder potencia en esta selección que, al contrario, parece negarle agencia a las piezas. Dice el texto que lo contemporáneo no es una señal estilística ni estética, a lo que Alarcón responde diciendo que, de hecho, toda la muestra está unida por el estilo. El estilo, aquí y ahora, se armaría con referencias juveniles, soluciones juguetonas y las materialidades del giro afectivo: cera, peluche, tela y colores cálidos.
Como he comentado con el perfil de Instagram de Artetapatibio, el concepto de calidad no es lo que guía el criterio del buen o mal arte. Es otra cosa, que puede ubicarse entre la fuerza de la enunciación, el trasfondo teórico-político situado y la realización material, cualquiera que ésta sea. En ese sentido Esto no es DF es una buena muestra de arte contemporáneo. Es una exposición que sitúa un panorama tanto territorial como material de lo que el arte puede ser. Concuerdo con Alarcón con que es una muestra formal, sin sugerir que haya malo en ello.
Quizá el verdadero problema de la exhibición es que, en su enunciación, Hooogar están siendo profundamente chilangos, están diciendo: conquistamos la ciudad. Lo cual no es malo per se, salvo que es justamente lo que siempre se ha reclamado al arte chilango, que subsume la diversidad y las representaciones locales a la gran máquina cosmopolita: en el crisol del DF se pueden ver todas las representaciones del interior.
Esto no es DF nombra al intento de mostrar arte emergente en el campo de batalla contemporáneo, la lucha por la visibilidad de una red afectiva de arte contemporáneo fuera de la ciudad (pese que hay artistas chilangos). ¿Pero de qué se trata la exposición? Al final, esta muestra nos está diciendo que perdimos, que el capitalismo lo ha conquistado todo. Quizá hubo un tiempo en el que en el interior de los países existían formas de vida diferentes, modos de existencia que no se movían únicamente por la circulación del capital, sus mercancías y sus enunciados y visibilidades. Y aún los existen en las llamadas comunidades autónomas, las de usos y costumbres y tantas otras. Pero no suceden bajo las formas del arte contemporáneo. Quizá la contra-tesis de esta muestra es que la experiencia del arte contemporáneo, donde sea que exista, sólo puede suceder como capitalismo.
La mayoría de las piezas son comentarios, situados desde una latitud concreta, sobre formas de vida capitalistas. Por ejemplo, Job Ramírez, de Durango, expone un cuarto de artista, con su guitarra, póster de anime, hello-kitty, un pequeño restirador y pinceles tirados. El cuarto es igual de caótico y lleno de experiencias como en cualquier lugar del país. El sujeto del arte es igual en cualquier parte del mundo, es la prueba de que la globalización funciona para cronometrar la experiencia al tiempo del capital. Así también pasa con la obra de Sebastián Guerrero Salazar (Lima, Perú), en la que despliega una serie de playeras con fotografías de mirreyes en antros y son todos parte de la mismidad de la experiencia-discoteca, están en un no-lugar y sus outfits de mirreyes son parte de esa eternidad mercantil. Igual que la pieza de Cambo D Petalinsky (Colombia), quien nos expone, en video, a un mundo sin contexto donde estamos entregados al trabajo eterno en un loop infinito de limpieza. El video consiste en limpiar la pantalla empañada y hablar de que siempre estamos trabajando. O Alejandro Valenzuela de León (CDMX), quien hace una alegoría de la trayectoria del artista con un carrito de Hot Wheels mirando a la capital, mientras debajo de la pista vemos el meme de la mina de oro en la que, justo antes de llegar al tesoro, el personaje que lo protagoniza abandona el proyecto, pero en esta versión no llega a nada, sólo está la inmensidad vacía de la séptima ciudad más grande del mundo así, el artista nos muestra que en el camino al arte no hay final feliz. La pintura Brandon Morales Ramírez (Ciudad Nezahualcóyotl) nos recuerda que incluso la abstracción ya fue colonizada por el capital. Las formas rojo y blanco son derivados de la Coca-Cola en la sangre, y su pintura es la constatación formal.
Aunque subsumidos a la estética de las mercancías, los artistas de la exposición aprendieron como generación que la crítica se combate con humor. Luisa Ardilla Camacho ( Bogotá, Colombia) parece parodiar involuntariamente el mural de Andy Medina expuesto en “Otrxs Mundxs II” en el Museo Tamayo y que desató una serie de polémicas al interior de la institución y en esta revista. El mural de Medina dice “Humano es la cuestión”, mientras que el de Camacho reza “Human beens”. Podrían no tener nada que ver, pero ambos murales compositivamente dividen el espacio a lo Rothko y en la parte inferior anotan su slogan. Además, el colectivo que curó la muestra formó parte de las polémicas del Tamayo y participaron en dicha muestra.
Quizá hubo un tiempo en el que los territorios y sus provincias proveían de experiencias diferentes a la capital, en las que la diferencia en las formas de consumir contrarrestaban las de la capirucha, en que las formas de hacer y sentir generaban una diferencia significativa a la homogeneización del gran capital, pero ya no es el caso.
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Texto publicado el 12 de junio de 2026.