Por Mariairis Flores Leiva
Mientras crecía tuve pocas oportunidades de ver exposiciones de arte. Vivía en un pueblo y nadie en mi familia estaba familiarizado con el tema, por lo tanto recuerdo fervientemente cuando vi una exposición de Andy Warhol en el Museo Nacional de Bellas Artes de Chile (2005). Unos años después, mientras realizaba las diligencias de matrícula para entrar a estudiar historia del arte en Santiago, aproveché de visitar museos. Así fue que pude ver Frida y Diego. Vidas compartidas, muestra que tuvo lugar en el Centro Cultural La Moneda (2008-2009). Aún recuerdo el impacto que me generó Unos cuantos piquetitos (1935). En ese momento mi relación con las obras era pura sensación; no reparé, por ejemplo, en lo osado que fue en términos formales picotear y ensangrentar el marco, incorporándolo a la pintura. Después, ya que comencé la universidad, Frida pasó a un segundo plano: cuando estudias el arte no es apropiado que te guste algo tan mainstream. Imagino que ese pudo ser el razonamiento que tuve.
El año pasado, luego de un viaje a Ciudad de México en el que por supuesto visité el Anahuacalli y la Casa de Frida y Diego, me encontré en Chile con el libro El listón y la bomba. El arte de Frida Kahlo (2025) de la investigadora mexicana Helena Chávez Mac Gregor. No sé si alguna vez había leído un libro sobre Kahlo, sin embargo, al poco de avanzar en la lectura fui sintiendo que el texto me atrapaba en su honestidad. La autora también reconoce una suerte de lejanía con Frida Kahlo generada por su constitución como artista global, fenómeno cultural y de mercado o, en sus palabras, cuando pasa a ser “simplemente Frida”. Entonces surge la pregunta: ¿cómo se vuelve a Frida Kahlo? ¿cómo o qué se escribe sobre Kahlo cuando todo indica que se ha escrito demasiado? Lógicamente, el libro ofrece una respuesta y una estrategia. Su autora opta por volver a sus pinturas y por disputar el precepto de que su cuerpo de obra es autobiográfico. Tal supuesto acarrea el problema de que utiliza las obras para ilustrar estereotipos asociados a la maternidad, la enfermedad o la vida amorosa de la artista. A través de su ensayo, Chávez Mac Gregor nos demuestra que su trabajo puede ser leído más allá de Diego Rivera o de su accidente, sin que esto signifique desconocer lo que fue la vida de Kahlo. Para la investigadora, y también para mí, sus pinturas permiten un acercamiento a lo que significaba “ser mujer” en su tiempo y en la sociedad en la que se insertó.
La autora selecciona ocho pinturas, de las aproximadamente 200 que Kahlo pintó, para ofrecernos lecturas que traman la historia de la obra, aspectos de la vida de la artista con experiencias personales, referencias a otros autores y a obras de otras artistas. Sus descripciones son generosas, minuciosas y buscan transmitir cada detalle re-presentado. A partir del libro, vuelvo a la idea de que las obras de arte son un estallido, estallan en el presente de quien las ve. Y en el libro estamos viendo las obras de Kahlo a través de los ojos de Helena Chávez. Esos significados que otorga, ese modo de enlazar la obra a asuntos contingentes son parte de su sensibilidad. Esto se vincula también con el título, que proviene de un texto en el que André Breton describió la obra de Frida como “una cinta alrededor de una bomba”. Veo en esa figura una fragilidad, la cinta como una contención mínima frente a una explosión inminente. La cinta como algo delicado, la bomba como la potencia destructiva. Esa paradoja es lo que se explora en sus páginas, puesto que no busca entregar verdades, como bien se señala, sino ir provocando pequeñas irrupciones sobre los supuestos que han configurado el fenómeno Frida, anclado en el amor romántico y el sufrimiento.
Unos cuantos piquetitos es un cuadro que siempre muestro en clases. Recuerdo que, googleando para agregar su imagen a una presentación, leí que la motivación tras este cuadro era la relación tortuosa que llevaba a la artista a identificarse con el femicidio (como lo llamamos en Chile). Me pareció una lectura mezquina y ridícula que se encarga de identificar a Frida como una mujer absolutamente ensimismada, y que termina por restar potencia a representar ese hecho de violencia patriarcal en una sociedad como la mexicana. Sobre esto, de especial importancia para mí, Chávez Mac Gregor escribe en extenso. Así como también escribe sobre México, porque no podemos pensar a Kahlo sin ese contexto.
Hay mucho de México en El listón y la bomba… o de lo que yo entiendo por México. Como mencioné, recibí el libro luego de visitar CDMX por primera vez, y debo reconocer que con ese viaje me enamoré. Quizás parte de ese amor me hizo abrazar el libro con la esperanza de seguir impregnándome del país, de la cultura. Entendí a Breton; es que cómo no enamorarse de México. Y además concluí que, como chilenos, somos muy mexicanos. No sé si lo que digo tiene sentido o sólo estoy sucumbiendo ante una serie de estereotipos, al estilo Breton. (En realidad no, pero me pareció gracioso el absurdo de comparar mi viaje a México con el del artista surrealista). La relación de Frida con el surrealismo está ampliamente documentada, aunque debo reconocer que de eso sabía poco o quizás lo que todos saben. Entonces leer la experiencia de Kahlo en sus palabras resulta estimulante, principalmente para desmitificar. Hay una carta escrita por Frida donde elabora un juicio demoledor sobre su estadía en París, en 1939.
El libro inicia haciendo un recuento de distintas instancias artísticas, culturales y/o populares en las que la obra de Frida ha influido, y también de los efectos de la Frida Kahlo Corporation. Imagino que mientras escribo este texto otras cuestiones relativas a Kahlo están sucediendo. Pareciera ser que siempre, en algún lugar del mundo, hay alguna muestra o un texto siendo publicado sobre ella. Sin ir más lejos, en el Museo de Bellas Artes de Houston se inauguró recientemente Frida: The Making of an Icon, una exposición que, según se informa en su web, contiene “más de 30 obras de la legendaria artista mexicana y 120 obras de cinco generaciones de artistas a quienes inspiró”. Curada por Mari Carmen Ramírez, la muestra permite ver cómo se construyó el mito que fascina a millones y aleja a unos cuantos. Ese tipo de análisis que explora críticamente las convenciones es clave para pensar la historia del arte y su producción, puesto que la historia del arte es un constructo que, así como registra, también genera vacíos y omisiones. Volver a los relatos establecidos permite ampliar lo que conocemos. No se trata de “corregir”, sino de hacer patente que la objetividad en la historia es una quimera, mientras que exhibir 120 artistas que recibieron su influencia permite corroborar que, más que un mito, Kahlo es una artista capaz de imbuir por su obra, no sólo por su vida.
La invitación del libro trasciende este texto, hay que tomar la punta de una cinta e ir tirándola lentamente para que pase lo que tenga que pasar. Hay que dejar de pensar en artistas excepcionales y volver a aquello que nos remueve como espectadores. Frida es mucho más que su imagen y nos ha interpelado desde la vida y la muerte, desde el dolor y el placer, desde la paradoja de no calzar con el ideal de mujer y artista de su época, y sin embargo, haberse instalado en lugares reservados para los genios, quienes suelen ser blancos y europeos. Lo que el libro hace, este nuevo libro sobre Frida Kahlo, otro libro más, es relevante, porque toma un lugar en la discusión contemporánea que se pregunta si es necesario separar a la obra del artista. Acá se desmitifica la relación entre vida y obra, al mismo tiempo que se la reconstruye desde parámetros que identifico como feministas.
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Texto publicado el 20 de marzo de 2026.