Por Hideki Yukawa
Lograr visitar la exposición de Félix González-Torres en Atizapán de Zaragoza es una odisea que amerita el viaje, por la exhibición y por todo lo que implica la sinuosa aventura. Una autopsia por las entrañas de la tragicomedia nacional que inicia con la difícil tarea de salir del Defectuoso, nuestra querida ciudad desparramada con su característico paisaje de mancha urbana en fusión con la ciudad perdida. Después de un buen rato y un tráfico infernal, el arduo paseo continúa por la periferia que devoró al pequeño pueblo del Edomex, hasta llegar al fraccionamiento que lucha, a toda costa, por mantener su status quo de idilio ecuestre desarrollado por Luis Barragán en los años sesenta. Nada nuevo bajo el sol, en una travesía por el México de altos contrastes.
Llegar a La Cuadra es entrar a una burbuja donde abunda la prosperidad y todo es ¡paadrísiiimoooo!... La forma unísona en que los visitantes nombran y disfrutan lo que hay dentro de esa frágil burbuja que, como por arte de magia, invisibiliza todo lo que hay alrededor. Llama la atención y la tensión que entre el público asistente no hay nadie de Atizapán (aunque la entrada sea gratuita para los pobladores de la localidad); tal vez esto sea un síntoma y señal de la exclusiva “experiencia estética” que enarbola el lugar en su página web. Pero, por favor, dejemos de ser tan pesimistas ya que por un rato nos podemos olvidar del denso aire contaminado que respiramos. Ese cielo grisáceo se ilumina, menos mal, con el colorido reflejo de un monumental muro rosa mexicano, típico del indiscutible legado barraganiano. La identidad nacional se ensalza en medio de un caudal de emociones y nos sentimos orgullosamente mexicanos, pero también, ¿porque no?, más internacionales que nunca, más globales de lo que ya somos, o creemos ser. Nuestra conciencia pasa a ser relevante y nos damos cuenta de que “en esta difícil época de injusta distribución económica habrá que dar la prioridad e importancia que requiere al sentido social de la arquitectura”.[1] Una paradoja existencial en medio de un ranchito de casi tres hectáreas.
Entre espectaculares maquetas que echan la casa por la ventana y planos con un fondo bien amarillo, resalta el nombre de la Fundación Romero, creada por Fernando Romero, un viejo conocido en la concepción de proyectos arquitectónicos. Un gran maestro en las artes del render que, gracias al sacrosanto don Luis o a su exsuegro, se dio cuenta que será imposible pasar a la Historia si sólo sigue haciendo renders de naves espaciales que simulan ser edificios habitados por personas. Proyectos por doquier, pero sin lugar alguno. Mejor adquirir prestigio y propiedades filantrópicas para apostar por un mejor futuro “con la convicción de que la innovación cultural puede generar impacto social”.[2] Esperemos que el impacto no sea más grande que la cruda realidad nacional y termine desbaratando semejante ambición.
La exposición de Félix González-Torres se sostiene por sí sola, por la fuerza, sutileza y vitalidad de la obra; a través del tiempo, el pequeño pero grandioso cuerpo de trabajo que realizó el artista cubano-americano ha tomado cada vez más sentido frente a un mundo sin sentido. Justo en esas lides del absurdo, el deambular de los visitantes en el admirable espacio diseñado por Barragán genera una producción frenética de selfies; la exposición, literalmente, pasa a segundo plano y se convierte en una más de las infinitas escenografías instagrameables, ese paraíso en el que se convirtió el arte contemporáneo para ser publicado en redes sociales hasta el aburrimiento y el desgaste.
Al caminar a lo largo de las caballerizas apreciamos una versión libre del primer retrato conceptual que hizo González-Torres: Untitled, de 1989, es una línea de tiempo sin cronología, donde distintas efemérides se articulan y extienden a manera de cornisa, un detonador de la memoria. Con esta lista significativa de acontecimientos, fechas y lugares, queda el antojo de ver aquel episodio surrealista que estuvo pensado para suceder allí mismo, en alguna remota colina de Atizapán de Zaragoza. En el año 2008 se planeó la realización del Nuevo Museo Tamayo, el diseño estaba a cargo de Michel Rojkind, otro virtuoso de los renders y la especulación inmobiliaria. Ese mismo año, y en plena crisis económica, Felipe Calderón tuvo el tino de su propia ceguera para desdeñar la grave recesión mundial al decir que se trataba sólo de “un catarrito” y que sería pasajero, cosa que evidentemente no ocurrió. Lo que sí fue pasajero fue el proyecto para el nuevo recinto cultural en Atizapán, que al poco tiempo pasó al olvido, afortunadamente.
Rojkind Arquitectos + BIG. Museo Tamayo Extensión Atizapán, 2008.
Otra fecha y acontecimiento significativo que hubiera sido indispensable incluir en el retrato de La Cuadra es 2018, el año que se canceló la construcción del aeropuerto de Texcoco y comenzó la triste comedia de enredos llamada 4T. El secreto a voces, en los altos vuelos del maravilloso y putrefacto mundo del arte, cuenta que López Obrador, ya como presidente electo, recibió una papa caliente, pero muy caliente, casi calcinada. En sus obscuras habilidades de animal político, el peje supo encausar muy bien una telenovela de inauditas proporciones. Resulta que el ingeniero Carlos Slim, ese miserable millonario que encabeza el selecto grupo de generosos empresarios que aportan 21 centavos de cada cien pesos recaudados en impuestos,[3] le comunicó al presidente electo que ya no continuaría la construcción del NAIM, el aeropuerto que se había empezado a construir en 2015, durante el sexenio del alelado Peña Nieto. El origen del borlote fue lo que coloquialmente se conoce como un lío de faldas (en este caso fue de pantalones) al interior de la respetable familia Slim. El ingeniero, cual patriarca de la nación, expulsó de la familia y sacó de la jugada aeroportuaria a su entonces yerno, Fernando Romero, que había diseñado el fastuoso aeropuerto de la mano de, ni más ni menos, que Sir Norman Foster. Sin la necesidad de títulos nobiliarios, el ingeniero, como buen dueño del pastel (era el inversionista principal en la construcción de dicho aeropuerto) decidió sacrificar el negocio para salvar el honor y prestigio de la familia. Ni tardo ni perezoso, el peje sacó raja del tremendo culebrón al convocar, a finales de octubre de 2018, una consulta ciudadana para que la gente jugara a decidir el futuro del NAIM. El final demagógico de la película ya lo sabemos todos: una ficción verosímil, la eterna puesta en escena dentro de los turbios confines de la democracia nacional, todo sea en nombre de la patria. El destino de un país que se decide y se redime a través de una telenovela, un perpetuo déjà vu.
El tiempo pasó, el escándalo familiar se superó, el silencio se acordó y las finanzas personales prosperaron. Las aguas volvieron a su cauce para seguir desarrollando proyectos de gran envergadura. A la par, hacia finales de 2021, a unos trecientos kilómetros al sur de México, enfundado en su trajecito de dictador, Nayib Bukele anunciaba con bombo y platillo la construcción de la Bitcoin City en El Salvador. Pocos meses después, en mayo del 2022, se hizo la presentación formal del proyecto a cargo de Fernando Romero. Emancipado y empoderado, el arquitecto resurgía de sus cenizas para demostrar que la creatividad y la amnesia eran sus aliadas o, por lo menos, su apuesta para seguir fantaseando con proyectos cada vez más ambiciosos. Como si fuera una película de ciencia ficción, la Bitcoin City pretendía alimentarse de la energía geotérmica del volcán Conchagua y, obviamente, la criptomoneda sería la moneda de curso legal en el país centroamericano. Sin miedo al éxito, el dictador anunció que aquella ciudad pasaría a los grandes anales de la Historia porque sería una nueva Alejandría. Desafortunadamente, todo sueño corre el riesgo de desvanecerse en su propia fantasía y al poco tiempo, el ensueño de la ciudad futurista se desvaneció, el dictador prefirió aventurarse en otro tipo de proyectos arquitectónicos: las megacárceles que fue construyendo su gobierno para albergar a pandilleros detenidos y a inmigrantes expulsados de Estados Unidos. Con el apoyo financiero incondicional del actual, innombrable y patético presidente norteamericano, el dictador suele violar cuanto derecho humano se le cruza en su camino y, con la mano en la cintura, cambia a diestra y siniestra la constitución de su país para quedarse en su pequeño trono de por vida.
De la utopía de juguete a la distopía real en un abrir y cerrar de ojos; de la arquitectura al arte con la especulación por delante, cañonazos millonarios para disfrazar la ignominia, baños de reputación con curadurías de prestigio, el nombre y renombre de los muertos para colgarse de ellos. Todo esto en una operación déspota para convertir en fetiche lo que sea, a como dé lugar, cueste lo que cueste. En el imperio de la imagen, la tiranía de las apariencias y el buen gusto se regodean en nombre de la cultura para ser consumida como un vil producto con tintes reflexivos; la ignorancia es atrevida y la confusión notable, “el enigma del fetiche dinero no es más que el enigma del fetiche mercancía que se ha vuelto visible hasta el punto de cegar la vista. Una mercancía no parece convertirse en dinero solamente porque todas las demás mercancías representen en ella sus valores, sino que, al revés, las otras mercancías parecen representar universalmente sus valores en esa mercancía porque ella es dinero”.[4]
Asombro y perplejidad en la obscuridad, pero tan sencillo como abrir los ojos y pensar, una forma invisible de poder que nunca ha estado de moda y es imposible contabilizar. La vida de una idea (sobre todo en el arte) se cultiva en la lógica de dar, recibir y compartir; no depende del destino ni del delirio inútil del dinero, al contrario, es peligrosamente insospechada en esencia: en la fortuna de disentir, camina sin rumbo fijo. Mientras que la obviedad apabullante del presente nos demuestra, una y otra vez, que la ambición puede ser la propia soga al cuello de estos tristes y nefastos tiempos de barbarie.
El arquitecto Fernando Romero (derecha) presenta el diseño de Bitcoin City al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, 2022.
*Hideki Yukawa es Jonathan Hernández (México, 1972). Actualmente participa en la exposición Fútbol y arte. Esa misma emoción en el Museo Jumex. Próximamente publicará el libro Diccionario de Modos y Apodos.
[1] Carta de Guadalajara, 1985. Luis Barragán, en Escritos y conversaciones. Madrid, El Croquis Editorial, 2000
[2] https://lacuadrabarragan.org/acerca/
[3] Informe de Oxfam, México. Febrero-2026
https://oxfam.mx/wp-content/uploads/OxfamMexico_Informe_OligarquiaODemocracia.pdf
[4] Karl Marx, El fetichismo de la mercancía (y su secreto). Pepitas de calabaza ed. Logroño, España, 2014
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Texto publicado el 27 de marzo de 2026.