Emilio El Tigre Azcárraga, Johan de Viers y Paula Cusi.
Por Hideki Yukawa*
El 20 de septiembre de 1998 cerró el Centro Cultural Arte Contemporáneo de Televisa después de catorce años abierto al público; su corta vida estuvo bajo la dirección de Robert Littman, un viejo y siniestro conocido de la escena del arte en México. Un año antes fallecía El Tigre Azcárraga, en medio de una grave crisis financiera en Televisa y con una espeluznante rebatinga por su herencia. Entre varias manzanas de la discordia, su colección de arte y la colección del CCAC engendraron una monumental telenovela legal protagonizada por su cuarta esposa, Paula Cusi (su nombre en realidad es Encarnación Presa Matute), quien en abril de 2011 estuvo unos días en la cárcel por aquel zafarrancho (pero mejor rememoremos el glorioso inicio de la década de los 70, cuando era conocida como la “chica de los horóscopos” en el noticiero 24 horas de Jacobo Zabludovsky). La otra protagonista del culebrón fue Adriana Abascal, ex reina de belleza y última pareja sentimental del Tigre que, desde ese entonces, se convirtió en amante del arte, del dinero y de lo ajeno. En pocas palabras, un estuche de monerías y, claro, una gran coleccionista de arte contemporáneo.
Poco tiempo después, el 28 de mayo de 2001, el Museo de Monterrey cerraba definitivamente sus puertas luego de veintitrés años de actividad, patrocinado principalmente por el incomparable Fomento Económico Mexicano, mejor conocido como FEMSA. En ese momento se anunció una reorientación de sus labores filantrópicas, pero en realidad el grupo industrial regiomontano prefirió dacantarse, a partir de 1999, por invertir en uno de los equipos de futbol de la ciudad, los Rayados de Monterrey. El melodrama en este caso no fue tan grande, pero de igual forma afectó la enclenque infraestructura cultural del país. Ambos museos solían presentar muestras grandilocuentes de todo tipo, desde las obras maestras de Dalí hasta Julian Schnabel, Las castas mexicanas, o la tan sonada y manoseada Colección Gelman. Pasaron de echar la casa por la ventana, a dejar sin puertas ni ventanas su tan cacareada filantropía.
Acostumbrados a inverosímiles desenlaces, dignos de cualquier telenovela, las colecciones de arte contemporáneo privadas en México son parte de las tramas y los dramas de la vida pública nacional. Las patologías en la acumulación de dinero, poder y prestigio pueden ser proporcionales a la relevancia internacional de esas colecciones, personales o corporativas que, durante las últimas dos décadas, han deslumbrado a medio mundo, pero innegablemente van de la mano de la atroz desigualdad económica, los abismos nacionales —de los que son causa y consecuencia— en la funesta devastación social que va más allá de la consabida ineptitud y complicidad del Estado, sea del color que sea el gobierno en turno.
De dineros viejos en fortunas añejas, al taquero fraudulento redimido en su palacio neomexicanista; de sionistas disfrazados de afables mecenas, al tierno osito panadero causante de cualquier forma de desnutrición; del hijo en desgracia (del político en desgracia), al distinguido Ricky Ricón que, al final del día, descubre en el básquetbol su verdadera pasión. Mucha frivolidad y decepción. Y luego nos sorprendemos por los tristes destinos del arte y de la Historia, escrita desde el poder con la tinta indeleble de un dechado caudal de miseria humana enmascarada de generosidad y buen gusto.
Tuvo que ser el crítico de arte del New York Times Holland Cotter quien, sin querer queriendo, acuñó la mejor definición del quién es quién en el reino de la ostentación dentro del terruño nacional, hace ya trece años, cuando celebramos la magna inauguración del Museo Jumex. El gringo viejo le atinó al blanco jugando con la pronunciación al rebautizarlo, intencionalmente, como Whomex. Quizá sin saberlo del todo, definió la verdadera esencia y vocación del recinto atravesando las entrañas de ese glamour rancio y caricaturesco que va de La Gaviota hasta Carolina de Mónaco, pasando por Naty Abascal y su inolvidable exposición.
Eugenio Lopéz, Angélica Rivera y Patrick Charpenel.
El 14 de noviembre de 2013, Angélica Rivera (en ese entonces primera dama) realizó una visita oficial para dar por inaugurado el reluciente museo; desafortunadamente, su querido, inepto y bien peinado esposo desdeñó la invitación. La empresa de jugos tal vez no compaginaba con los intereses del gobierno o, simplemente, las relaciones públicas no fueron tan afortunadas. El arte no alcanzó para seducir al presidente, labor que tampoco pudo llevar a cabo el simpático árbol de Jumex con los altos contenidos en azúcares de sus productos. Para entrar en esos horribles terrenos de la depauperación alimenticia en México, nadie como FEMSA, con su grandiosa colección de arte y su responsabilidad en el monstruoso deterioro de la salud pública nacional. Como una plaga que se extiende por todos los rincones, las tiendas de conveniencia Oxxo han ido devastando lenta e invisiblemente la vida de la población que, en muchas ocasiones, no tiene otra opción que consumir los productos que despachan. La investigación Radiografía OXXO: productos que enferman tu vida, publicada el 16 de julio de 2024 por la organización El Poder del Consumidor, reveló que el 88% de los 870 productos que se ofrecen en dichas tiendas han sido catalogados como dañinos para la salud y su consumo engendra graves padecimientos como la obesidad, diabetes e hipertensión, entre otras severas enfermedades crónicas que derivan irremediablemente en la muerte.
¡Qué barbaridad! Qué mal gusto hablar de esos temas tan desagradables, mejor hablemos de arte y, de paso, neguemos la realidad. Siempre habrá problemas en el mundo pero el arte, por fortuna, nos hace pensar en otras cosas: bienales, exposiciones, ferias, colecciones, museos, arte y más arte, mucho arte. Esas fortunas que se han servido del arte para lavarse no sólo la cara, sino el cuerpo entero. Nada nuevo bajo el sol. Fortunas del infortunio que tienen ya un buen rato amasándose con el mismo modus operandi: lucrar a diestra y siniestra con la necesidad de la gente, enriqueciéndose con la atroz cadena de carencia y precariedad a través del consumo, en un país en donde prácticamente la mitad de la población vive en situación de pobreza. Esas mismas corporaciones que nadan en dinero y después retribuyen a cuenta gotas sus ganancias a la sociedad con las infalibles puestas en escena de la filantropía. Próspera ecuación en un mundo arruinado por la economía de mercado.
Un buen ejemplo de esas prácticas y perversiones lo encarna a la perfección Coppel, la empresa afincada en Culiacán, Sinaloa, desde los años 40 y que ha crecido hasta convertirse en un gigante departamental. Vende prácticamente lo que sea, desde unos calcetines o una sala, hasta motocicletas y celulares. Su talento no está en crear o producir algo, sino en revender cuánta mercancía sea redituable para enganchar a consumidores en masa. El arte de endeudar a la gente con la promesa de una mejor vida. Y vaya que Coppel ha mejorado su vida, a partir de los años 90 comenzó a formar una colección, la CIAC, una de las colecciones de arte contemporáneo más importantes de México que se jacta de su compromiso cultural y social. Pero no todo lo que brilla es oro, siempre hay torpezas de la ambición en la compleja naturaleza humana. Hace diez años, a través de la CIAC se financió la Operación Berlín, en la que Agustín Coppel encabezó a un grupo de prominentes empresarios nacionales para llevar a cabo una campaña mediática en contra del entonces candidato de “izquierda” a la presidencia. El nombre de la maniobra bien podría haber sido el título de una serie de Netflix, pero en este caso, fue un proyecto diseñado por el historiador Enrique Krauze (otro estuche de monerías) con la intención de impedir la llegada a la presidencia del animal político que instauró el nuevo régimen autoritario. Tan mal le salió el encarguito al insaciable escritor que, al estrenarse el flamante mandatario, todos los involucrados en la misión fallida corrieron a esconderse en sus respectivos emporios fingiendo buenos modales democráticos.
Fue pasando el tiempo y el temor por los ajustes de cuentas también. El señor Coppel fue retomando la tranquilidad a través del arte, siempre tan cautivador y conciliador, a tal grado que fue adentrándose poco a poco en el corazón de la 4T. Algo o mucho le aprendió a nuestro miserable rey Midas, Carlos Slim, acerca del camaleónico ejercicio de transmutar con el poder político en turno para seguir haciendo cicateros negocios. Lo importante es crecer, al precio que sea, pero crecer. No se nos olvide que Bancoppel inició operaciones de la mano de la triste y patética derecha en pleno sexenio de Felipe Calderón, viejo recuerdo de una cruda que hoy es conveniente dejar en el pasado. Es más apropiado transformarse en beneficio del país, maquillar el paisaje hasta lograr convertirse en promotor de otro proyecto grandilocuente: Chapultepec, naturaleza y cultura. Resulta que Agustín Coppel fue el principal patrocinador del Pabellón Contemporáneo Mexicano, aquel magno museo que Renzo Piano diseñaría para ponernos, una vez más, a nivel mundial de la vanguardia arquitectónica. Pero, ¿qué creen? No se pudo, qué lástima. Es mejor no sólo dejar ese recuerdo en el pasado, más vale sepultarlo en el olvido. Eso sí, salió barato el cambio de disfraz, del mejor postor al mejor impostor. Mejor, imposible.
Agustín Coppel, al centro de la fotografía.
Corría el verano del 2022 y en sus acostumbradas encerronas enmascaradas de cenas con oscuros fines económicos y políticos, El Peje convocaba a los empresarios más importantes del país para hacerles manita de puerco. Aquel anochecer de julio se dieron cita en Palacio Nacional un sinfín de conversos patrones del bienestar, entre ellos, el presidente de Grupo Coppel que, ya para ese entonces, era ferviente colaborador del gobierno, tanto, que compartió mesa de pista y tratos con El góber incómodo, Rubén Rocha Moya, actualmente separado de su cargo en un vaivén desastroso de licencias y consentimiento oficial; ahora el político sinaloense va por la vida nadando de muertito por sus presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa con acusaciones por tráfico de drogas y lavado de dinero. Casual, cuando el río suena, piedras trae.
El pasado jueves 15 de octubre, apareció en su cuenta de la red social X una publicación de Alfonso Ramírez Cuéllar (diputado federal oficialista y expresidente del partido en el poder) en la que podemos apreciar a un sonriente Agustín Coppel junto a su primo, a su compadre y al político zacatecano que escribió animado: “construyendo la paz y la prosperidad en el estado de Sinaloa”. Ironías de la vida nacional, ese estado norteño lleva ya mucho tiempo en guerra, como casi todo el país, sobre todo a partir de la confusa y embarullada captura de El Mayo Zambada, hace más de dos años. Nadie sabe, nadie supo. La única certeza es el infierno del tejido social totalmente deshecho y la cruenta violencia que no tiene fin. ¿Será que el gobierno junto con la iniciativa privada encontraron un jugoso negocio en la guerra? Muy a la gringa, como nos gusta, que sea de primer mundo pero, eso sí, con identidad y raíces bien nuestras. La soberanía de la ironía.
En su ensayo Política y delito, Hans Magnus Enzenberger ya hablaba, en 1964, acerca de los nexos entre el Estado y el hampa que opera en todo el mundo. Dentro de las telarañas del poder suele ser común la relación de las élites políticas y económicas con distintas mafias; obviamente, desde hace varias décadas, con el crimen organizado a través de los lazos mercantiles y flujos de dinero ilegal. En un intercambio de turbios favores, los gobiernos y las grandes empresas se benefician mutuamente multiplicando sus fortunas o fondos públicos al hacer circular de ida y vuelta una parte del dinero en programas sociales, culturales y demás. Un eficiente modelo de negocios y una inmejorable forma del blanqueo de capitales para no dejar huella alguna de los sinuosos caminos que recorren los ríos de plata, caudales que van y vienen generando su propio punto ciego donde todos los involucrados pretenden quedar inmunes a través del poder financiero. El lado invisible de la infamia en el encubrimiento funcional del mundo.
En este paisaje dantesco de armonía y descomposición perfumada nos encontramos, todos embarrados pero conscientes de la cloaca que habitamos. En la esquizofrenia se juega a la indignación con moraleja de algoritmo y clasisimo, con la culpa que entretiene el velado deseo de pertenencer al fausto banquete de ridícula exclusividad; mientras que en este lado del charco, dentro de la misma burbuja, gente se encierra en una mansión en las lomas del ocaso y el aislamiento para apostar por negocios cada vez más grotescos. A la par, resulta muy redituable hacer alarde del “pensamiento crítico” subido en una trajinera con gafas y sombrero de haute couture, como quien se trepa a un ladrillo y se marea, como si pensar no fuera en sí mismo un ejercicio de reflexión y discernimiento. Hoy corresponde a la apariencia ser artista, galerista o curador. La imagen es negocio, muy buen negocio mientras no incomodemos, mientras seamos los comodines del salvaje capitalismo tardío con todas sus formas sutiles de explotación y dominación. El arte contemporáneo, con su facilidad para consumirse y digerirse, para ser un café descafeinado de la realidad con sus distinguidos artistas de dudosa reputación y celebridad de caricatura. Es muy sintomática la riqueza que desaparece, por arte de magia y sometimiento, preguntas básicas: ¿De dónde viene buena parte del dinero del mercado del arte? ¿Cuál es la cadena de producción de ese dinero? ¿Dónde empieza y dónde acaba? Aquí y en China, en todos lados. Es mejor hacerse de la vista gorda (y vaya que hay gordos en el mundo del arte) para mantener a toda costa un estatus que seguramente mañana desaparecerá, como todo. ¿Dónde quedó la sensatez y el sentido común? De la ética, ya mejor ni hablemos, no está de moda. Suele confundirse con la estética en las penosas ferias de arte donde los galeristas se llenan la boca hablando de alguna “obra muy honesta” o, cuando menos, “sincera”. El paraíso de la insensatez en los reinos de la abundancia y la virtud rota, el eterno artificio que niega o embellece cínicamente las formas insostenibles de vida en sociedad que hemos producido y reproducido hasta el hartazgo.
Tal vez pronto llegue el día en que el mercado del arte termine de colapsar, un día en que las ferias de arte se llenen del gas lacrimógeno que intenta disuadir las protestas y manifestaciones por doquier, un día que abramos los ojos, el día que separemos el agua del aceite para dejar de ver el arte como una mercancía. El día que por fin entendamos que la experiencia no tiene nada que ver con el consumo, un día que aprendamos a dar, recibir y compartir sin consumir, el día que reaprendamos con amor lo que nos queda, día a día, todo lo que podamos regenerar en pequeños núcleos, con empatía y cercanía, lejos de las ruinas que engendra el poder y la Historia. Tal vez ese día podamos valorar otras formas de ser y estar en el mundo.
*Hideki Yukawa es Jonathan Hernández (1972). Acaba de publicar el libro Instrucciones para vivir y trabajar en México.
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Texto publicado el 6 de noviembre de 2026.