Por María Minera
Disculpará Baby Solís, pero “La autocrítica como blindaje” es la viva expresión de lo que yo llamaría un texto ñoño. Esto es, un escrito cuya finalidad no es otra que mostrar lo aplicada que es su autora. Ella leyó con gran atención el texto de Daniel Aguilar Ruvalcaba, “Carta al Daniel de 2024”, publicado en este mismo sitio hace dos semanas, y así nos lo hace saber. Solís examinó no sólo cada línea de la carta, sino cada paso que el artista ha dado en su vida: que si estudió aquí, que si expuso allá, que si dijo esto, que si validó aquello. Datos biográficos que, de hecho, cualquiera puede encontrar en Google[1] y que le sirven a ella para, en dos patadas, acusar al artista de ser un falso radical. El colmo de la ñoñez: criticar a un artista, no por su obra, sino por su currículum. (Aquí abro un paréntesis para decir que esta es la razón por la que cada vez rehúyo más este tipo de crítica, después de haberla practicado con ahínco durante muchísimos años: no soporto a mi personaje que, desde su cómoda silla Herman Miller, emprende una virtuosa cacería de otros[2], a los que regaña y señala por lo mal que hacen las cosas; mostrándome, según yo, escrupulosa y aguda, pero, finalmente, gazmoña. Y sé bien que en este preciso momento me he vuelto a poner esa máscara melindrosa y que, además, estoy usando esta pausa para curarme en salud.)
No podría decir que los argumentos de la autora me parezcan todos endebles. Tiene su punto, por ejemplo, cuando advierte que a algunos progres les cuesta trabajo “reconocer como fértil” el arte que no “está interesado en sostener la narrativa ideológica que se espera de él” –es decir, lo que antes se llamaba arte no comprometido. A esta marcada inclinación hacia el “arte bueno”[3] –ese que no ofende a nadie– debemos, entre otras cosas, las bienales soporíferas de los últimos quince años. Creo, no obstante, que Solís se hace bolas en casi todo lo demás. Ella cuestiona, por ejemplo, que los artistas como Aguilar, “que trabajan bajo la lógica de Robin Hood”, que se supone es subversiva, se mantengan en el puro “plano abstracto”. Es decir que para ella, aquí vuelta Alguacil de Nottingham, quienes desde su obra ensayan una crítica al sistema del arte –y por extensión al mundo en que vivimos– no son más que unos farsantes, por no llevar a la práctica, como el verdadero Hood, aquello de “quitarle a los ricos para darle a los pobres”. ¿O sea que como no están asaltando bancos y secuestrando a cabezas de emporios de refrescos, y sólo se quedan al nivel de la picaresca, escribiendo textitos utópicos que sueñan con garzas asadas, montañas amordazadas y muelas picadas (chin, rimó), son unos cobardes? Y no es que la autora abogue por pasar al acto. Al contrario, ella encuentra una “entereza en enfrentar la realidad tal como es”. Supongo que se refiere a esos artistas que exponen en Jumex y que, en las antípodas de Robin Hood, codician el lugar del Príncipe Juan (con su pragmatismo lírico, ¿o cómo llamar a esta corriente, eminentemente pictórica?) En la ecuación de Solís, no hay de otra: o se es un blandengue o un listillo. Ella no concede que pueda haber artistas que, en efecto, no quieren ser Robin Hood, porque prefieren al buen Little John, que no hace otra cosa que cantar baladas sobre bellos escenarios inalcanzables.
No sé qué es peor: los que creen que el arte debe estar a la altura, casi celestial, de nuestros dulces anhelos sociales –y exijen que todo lo que quede por debajo sea furiosamente cancelado– o los que, como Solís, piensan que el artista que no es en su vida coherente, hasta la médula, con sus ideas más salvajes es, en esencia, un vendido. En ambos casos se pasa por alto un pequeño detalle: que las obras de arte no son sino humildes construcciones de la imaginación; objetos (o dispositivos o lo que se quiera) de carácter esencialmente especulativo, encargados de nada más –ni nada menos– que de encauzar la experiencia estética. Esto es, que jamás tendrán la contundencia de una bomba si lo que se busca es hacer una revolución. Lo cual no implica que no puedan provocar turbulencias, pero sí que el efecto de éstas sólo será político de refilón[4]. El primer golpe de la obra, y el más eficaz, será poético –o no será; de ahí su radicalidad. Ese zarpazo, bien dado, desde luego que va a ahondar nuestra experiencia del mundo, pero difícilmente podrá cambiarlo. Baby Solís dice: “Puede reprocharse que está mal no intentar cambiar un sistema injusto, sin embargo, quienes más predican resistencia casi nunca operan a un nivel factual, sino que se quedan en el discurso”. Pues me temo que eso es precisamente lo que hace el arte: quedarse en el discurso. Ser discurso (no rollazo, no se malentienda: lenguaje). Ese y no otro es su nivel factual, dado que los hechos del arte son esencialmente estéticos. Incluso cuando aparenten ser proposiciones políticas, esas frágiles estructuras, siempre provisionales, a lo único que aspiran es a medianamente iluminar algo[5].
Pero más allá de posturas, lo que preocupa es que a Solís se le escapó que la carta de Daniel a sí mismo es una obra; y de arte, para mayores señas. Un performance, incluso (dado que la leyó en público antes de que apareciera en nuestros buzones el viernes antepasado). Si hubiera estudiado más a fondo la carrera de Aguilar, y no sólo su CV, habría encontrado que el artista ha usado distintos foros para disfrazar de conferencia lo que en realidad es una acción crítico-artística. No se trata de una muestra de arrepentimiento público para sacar raja, y doble, como ella piensa. Y tampoco es equiparable al episodio de los artistas que renunciaron a la Bienal del Whitney por mojigatos. Aguilar recurre a la diatriba –un noble género literario–, pero la dirige hacia sí mismo. Algo en lo que Kafka era experto, por cierto. Su diario está lleno de golpes de pecho, como cuando escribe: “El final del capítulo fue un fracaso; un capítulo más que comenzó de maravilla, pero que de ninguna manera podré continuar con ese grado de belleza … Aun así, no debo abandonarme, estoy completamente solo”. O esto otro, fantástico: “Cuál será mi destino como escritor es muy simple: mi talento para retratar mi vida interior onírica ha relegado todo lo demás a un segundo plano; mi vida ha ido en picada, y no dejará de caer. Nada podrá satisfacerme jamás … Vacilo, vuelo continuamente hacia la cima de la montaña, pero caigo de nuevo al instante … No es la muerte, ay, sino los tormentos eternos de morir”.
Lo que quiero decir es que lamento que Solís vea allí nada más que un alarde de falsa humildad, para conseguir aplausos entre los que “piensan como tú”. Para mí, se trata de un ejercicio de otra índole, que incluye, cómo no, el flagelo, pero que sobre todo apunta hacia una práctica que desde hace años viene señalando algunas de las tensiones, y fricciones, sobre las que descansa el mundo –mundillo, francamente– del arte. Y lo ha hecho siempre desde la desobediencia y el desenfado; resistiéndose, como puede, a dejarse instrumentalizar por completo por los poderes que todos conocemos de sobra. ¿Que a ratos es contradictoria? Por supuesto. Como escribió Ariana Harwicz en El ruido de una época, “lo mejor que le podría pasar a un artista es asumir sus contradicciones, su doble cara, su doble moral: ‘Me declaro antiburgués pero no arriesgo nada y acumulo poder’. ‘Hago películas a favor de la justicia, pero soy violento con mis compañeras’. ‘Soy feminista, pero me ensaño con las mujeres’. ‘Soy humanista, pero el antisemitismo no me parece tan mal’”. Y así cada uno de los que, de algún modo u otro, vivimos del arte en nuestro triste país, porque aquí todos somos como el Daniel de 2024: todos tenemos las muelas podridas y todos trabajamos para los que tienen los fondos suficientes como para mandar a la humanidad entera al dentista. ¿O acaso la señora se atreve a tirar la primera piedra?
Lo que parece sugerir Solís es que a los artistas les vendría bien quejarse menos, asumirse realistas y someterse dócilmente a las reglas que ponen otros, arriba. No, no sugiere, exhorta: “¿por qué no admitir que la práctica está hecha para operar –y prosperar– dentro del sistema, en vez de sostener que su relevancia proviene de oponérsele?” De verdad, no alcanzo a comprender qué entiende ella por arte, si no es, en primer lugar, oposición a las normas; a toda norma. Incluso un pintor abstracto debe mostrar una mínima renuencia a aceptar las cosas –colores, formas, lo que sea– como son.
Curiosamente, ella misma admite que en la forma la carta de Aguilar funciona, pero que “justamente por eso conviene desconfiar un poco de ese encanto”. Nunca había leído a alguien protestar porque una obra de arte esté bien ejecutada. Imaginemos: “Las Meninas es un cuadro exquisitamente pintado, una verdadera dicha para los ojos, pero no deja de ser un pelín sospechoso que Velázquez[6] nos invite a ver semejante portento”. Toda proporción guardada, la idea es esa: encontrar la falla a como dé lugar. Y, encima de todo, la autora no pescó el agudísimo sentido del humor del que está lleno esa misiva –que a mí me sacó lágrimas, de las dos: de risa y de pesar.
Al final, Solís zanja la cuestión con una cita de Edgar Hernández, en la que, básicamente, invita a no preguntarse si lo que hace el artista es o no genuino, porque lo que importa es “sostener el simulacro”. ¡Claro que sí! Hay que sostenerlo, a como dé lugar, porque el arte es simulacro, el más grande de todos. ¿O ahora vamos a llamar a los artistas a que rindan cuentas?
P. D. Aquí les dejo el enlace a un escrito que me parece el opuesto a lo ñoño. No dejen de leerlo, pues es un texto que era necesario que alguien escribiera, y lo hizo, de manera brillante, Mari Carmen Barrios.
[1] Puse “Daniel Aguilar Ruvalcaba” en el buscador y hasta arriba me apareció una página de la Bienal Femsa con la información exacta que ella menciona.
[2] Perdonarán a esta viejita que no puede escribir en inclusivo. Y no porque crea en las tonterías de la RAE de que el lenguaje no se toca, sino porque nomás no le sale.
[3] Por favor, leer los textos de Aguilar y de Solís para entender de dónde sale esto.
[4] Antes de que me salten al cuello: todo es político, lo sé. Hablo de que, frente al reduccionismo ideológico imperante, la experiencia estética se presenta como una potencia liberadora de un orden muy distinto a salir a marchar –cosa que, por otro lado, ya casi nadie hace; la protesta pública ha caído en desuso.
[5] No en el sentido ilustrado, sino en el más literal de arrojar luz sobre un asunto, un lugar, una obsesión, una vuelta de tuerca…
[6] Otro lacayo de la oligarquía.
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Texto publicado el 23 de enero de 2026.